*No dije que fue el único*
marzo 24, 2010 at 8:32 pm Deja un comentario
En una sumatoria de toda la cadena alimenticia de chicos – yo, con los que me permití un mayor acercamiento corporal – emocional en mi paso por las aulas del colegio, me asalta a la mente el rostro de JC.
Cuando volvimos a vernos había transcurrido un par de años, lucía más encantador que nunca, guapo, sonrisa contagiosa, cabello ensortijado, delgado, alto, moreno – ¡DIVINO!
Aunque su cariño hacia mí, se había convertido en una nostalgia escolar que no me diferenciaba del resto del grupo. En cambio para mí, su recuerdo era mi leyenda del primer amor, el rostro que seguirá intacto en mis memorias (ya sé se lee e-x-c-e-s-i-v-a-m-e-n-t-e-c-u-r-s-i-).
Sucedió cuando estaba en quinto de secundaria. Su nombre JC (ahora que voy dando cuenta, creo que tengo una fascinación por los nombres con esa inicial – en fin, tal vez sea sólo coincidencia), me enamoré hasta los tuétanos – es decir mi masa gris – blanca y demás colores ya no me orientaban amparados en la razón.
En ese entonces profesé más que nunca la frase “todo sucede por algo”. La profesora de religión nos indicó que se avecinaba la celebración del Corpus Cristi, y debíamos recoger flor de retama para decorar las alfombras que se exhibirían por toda la plaza, acompañada de una procesión en la que los feligreses se reúnen para reafirmar sus votos sagrados.
Acudimos al lugar que dista a unos 30 min al norte de Huaraz. Ya en el sitio escogimos “pareja” por coincidencia divina y en un rezo en silencio – cruzando los dedos mentalmente, me tocó con JC. La geografía del lugar era demasiado agreste para mi gusto, en cambio él no tenía problema alguno, practicaba ciclismo – basket- fútbol, imaginarán que estaba en perfectas condiciones físicas. Yo por mi parte no jugaba ni jas con pelotitas, lo que conllevaba a que ese tesorito del señor me tome de la mano para “ayudarme” y así evitar una penosa y dolorosa caída.
Así mientras caminábamos cuesta arriba, yo estiraba mis piernas pequeñas, en una versión socarrona del Twist-er. Hasta que una piedra filuda y de respetable tamaño me impidió el paso. Empero, cuando creí que la caída era inevitable, él me sostuvo en sus brazos. Mi rostro se puso del color de un tomate maduro, y es que a los 16 años, la prudencia y el recato duermen con una bajo la almohada, no se despegan ni a sol ni a sombra.
Estuvimos a escasos milímetros de besarnos, por suerte la piedra filuda a la que segundos atrás injurié mentalmente, me colocaba a una altura prudente, sintiendo por segundos que mi tamaño “limitado” adquiría de pronto un equilibrio comparado con él.
Lástima que el pundonor pudo más. No nos besamos, pero a cambio nos quedó claro que podíamos pasar los cursos de química haciendo experimentos con nuestro parvulario amor.
A la mañana siguiente, debíamos acudir a la plaza de armas a las 5:30 am, para el decoro de las calles. A pesar del intenso frío, procuré ponerme alguna prenda ligera que denotara lo suficiente mi figura.
Tras algunos minutos de permanecer sentados mirándonos fijamente, sentí que mis labios se resecaban, deseé que el cosmos conspire a mi favor y que el apuesto chico que ahora caminaba a mi lado adornando las calles con su sonrisa, embalsame mis labios con su ternura.
Fueron minutos a paso de tortuga, por un lado mi edad desmañada no me otorgaba la osadía para protagonizar aquel momento. A los 16, son los chicos los que sí o sí, deben y tienen que tomar la iniciativa, no hay forma de que la niña – mujer deje de lado el recato, que es algo así como tu ángel de la guarda, (ahora en cambio creo que es discutible), y tienes que esperar nomás a que el mozuelo que se cuela en tus sueños, cincele un beso quimérico en tus inexpertos labios. Así fue.
Ya no hubo petición formal, el beso se expresó magnetizado y pegajoso.
Fue un flirteo ingenuo, que de vez en cuando nos permitía besarnos en algún salón vacío a la hora del recreo, evadiendo las miradas y cuchicheos de tus amigos y perdiéndote por alguna zona oscura a la hora de la salida.
Aquellos besos fueron los más tiernos. Recuerdo mis labios temblorosos al contacto con ese orificio tibio que jugueteaba inseguro y se alejaba de rato en rato para clavar sus ojos negros en mi inocentona mirada, que cómplice le dirigía un guiño hipnotizado.
Recuerdo la tarde de un fin de semana, mis labios al contacto de ese borde delgado y suave, que eran sus labios. Sin embargo, ahora él parecía no diferenciarme del grupo. Yo que había acudido al reencuentro de la promo, con tacos aguja n° 9, jean ceñido y una casaca abierta, que relucía mis delanteras, atributos con las que Dios creía haberme compensado por ser tan chiquita.
Todos notaron mi exagerado atuendo, menos él. Él me hablaba de religión y yo quería comérmelo a besos. Digo los años no pasan en vano, y yo no puse pausa en mis besos desde que se fue, y quería demostrárselo. Pero él parecía no tener interés pese a la gratuidad de mi enseñanza.
A pesar de todo, compartimos una tarde nostálgica en la que los recuerdos del cole se avivaban y atesoraban en el tiempo.
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