* Lady – Liar mis mentiras más frecuentes*
abril 21, 2010 at 5:56 pm Deja un comentario
My name is Lady but sometime I thinK change to Liar because I’m Liar. No sé si alguna vez debí llamarme “Liar” en vez de Lady, o Lady Liar (creo que lo último se lee mejor). Apelativos que no precisamente me enorgullecían, pero mis reincidencias me hacían pensar que era como tic infaltable, mal acostumbrado, torcido y difícilmente corregible.
Todo empezó en el cole.
A diferencia de lo que creí, imaginé y soñé, mi primer beso fue frío, distante, anti – romántico, carecía de sutileza de tacto, de ese deseo innato, del empujón de las hormonas bailando desde tus adentros. Y lo peor es que al “tipo”, se le habían olvidado los ensayos frente al espejo, -ni siquiera d-e-l-e-t-r-e-ó esos gastaditos versos con los que me había convencido.
Sólo se aproximó rozó mis labios - Y ya – No fueron ni dos segundos – me sentí defraudada decepcionada, así que los años siguientes practiqué y disfruté con asidua dedicación.
Pero sin duda lo que más me impactó, fue el hecho de que este “insípido – beso”, estuvo maquiavélicamente planeado por un par de mocosos que pertenecían al grupito de los Charly fashion’s como diría una querida amiga. Petulantes chiquillos que apostaron: Quien besaría primero, y claro ahí estaba yo, suspirando por un tipo que ni me volteaba a verme, y que cierto día con actitud sospechosa se acercó a mí, persiguiéndome hasta lograr su cometido. Y después ni más volteó a verme.
Hasta antes de aquel episodio, en mi vida amorosa todavía no se habían inmiscuido los desvelos. Después ese instinto de supervivencia, me llevó a ser el cazador y la presa. Me engañaron y también engañé.
A continuación alguna de mis fechorías, malos ratos, equivocaciones y metidas de pata. Y es que yo siempre me he caracterizado por los gustos excéntricos – ese aire de no sé que – siempre me atrajo.
Cuando tenía 15 años, atravesaba por un cuadro depresivo – sentirme fea -, creía que todos los muchachos se acercaban a mí, cuando en realidad querían aproximarse a mi amiga. Ella por ser más bonita y más inteligente estaba ocupada seleccionando a los aspirantes del contacto de esa superficie húmeda que eran sus labios. Yo, sólo era el puente, un nexo necesario pero no imprescindible que facilitaría el trato – los primeros holas- los empujones a la hora del recreo y las cartitas huachafas con improvisados versos que resaltaban más por los horrores ortográficos.
Tardé mucho en entender que todas las mujeres tenemos nuestra gracia, eso dijo mi tío hace poco (Tío por que tu verborragia no se asomó en mis insolentes 15 años).
Bueno no es que me la mariquita sea una bella mariposa ahora. Siempre fui delgada, petisa, crespa, ojos marrones claros, test algo clara (la culpa la tiene el calor de m…, que no se amedrenta ni por el bloqueador), pero caray tengo mi gracia.
En dos ocasiones les serruché el enamorado a unas compañeras de aula. A JJ, lo conocí en la sala de espera del seguro social, mientras esperábamos el turno para nuestra cita médica, el acompañaba a su mamá y hermanito pequeño, y yo que había acudido por problemas respiratorios iba en compañía de mi padre.
Empezamos a hablar con algo de reserva pero su hermanito quien me mostraba sus únicos dos dientes de conejito cada vez que me acercaba a hacerle cosquillas terminó por disolver la timidez. Semanas después supe que era el vecino de una compañera, así que empecé a visitarla con asidua frecuencia. Nuestro romance duró apenas unas semanas, definitivamente no éramos el uno para el otro, aún así me enterqué y vi en cámara lenta el final de una relación por demás apócrifa enmarcada en el capricho únicamente.
A JZ, un niño adorable, lo confundí a través del msn. De pronto mis mensajitos eran cada vez más insinuantes. Digamos que me le ofrecí en bandeja de plata (obviamente mi osadía no era subida de tono, así que no sean mal pensados). Lo reté a nuestra primera cita, y el temeroso accedió. A 30 minutos de la zona urbana el paisaje nos permitía abrazarnos y besarnos y por último comer las galletitas y tomar el yogurt de fresa que tan lindo él había llevado en su mochila. Poco después la lluvia nos sorprendió y debimos guarecernos en una casa abandonada, sentados en un cúmulo de viruta. Abrazados viendo la lluvia, al paso de las horas, el manto de la noche nos obligaba a retornar. Caminamos unos kilómetros hasta que una combi nos dio un aventón. Fue el primer y último encuentro.
En mi faceta enamoradiza me fijé en un caribebe, a quien recuerdo por su peculiar olorcito a jhonson’s y no exagero, ese mocoso era un monumento de Jhonson’s Baby. Claro que a mí enamorado de aquel entonces no le hizo mucha gracia enterarse que me habían visto caminando por entre los árboles (y en el mismo barrio), justo ahí donde el nivel de iluminación debió haber sido cero. Pero bueno él no tenía derecho a reclamo, ya que según me enteré después el muy buen hombre tenía otra enamorada, no es difícil suponer, yo era la trampa.
No obstante de lo que sus dedos acusadores pudieran indicar, considero que algunas veces he sabido ser cauta pese a la ligereza de mis actos. Recuerdo la vez que un mozuelo de 15 años se aventuró a coquetearme y de golpe me preguntó ¿Cuál es tu nombre?
Lady, respondí. Mientras extendía la mano para recibir el triángulo de chocolate. Se ofreció en llevarme a un cyber, curiosamente iba a escribirle a un enamorado quien deseaba saber de mí desde tierras muy lejanas. Mientras saboreaba este dulcecito, pensé. Que sabroso que son los triángulos de chocolates, y más cuando son amorosos.
Caminamos como si nos conociéramos de toda la vida, el pueblito era pequeño así que no tardamos mucho en recorrerlo de canto a canto. Nos detuvimos en medio del puente Calicanto, contemplamos las estrellas, me mostró las tres Marías y agregó una estupenda explicación astronómica. Eso fue todo, me gustó su osadía, pero no imaginaba ni un beso con él.
A estas alturas pensarán “esta chica es fácil”, a cuántos más estará obviando en su lista. En mi defensa debo aclarar que no con todos me procuré un ensayo prolongado salivado. Algunos chicos me agradaban su compañía, su voz, su sonrisa, su conocida fama de mujeriego, de sonso, de cachudo (sin ofender).
Apropósito de fama de mujeriego a DD, lo conocí por intermedio de un amigo, cierto día en la que se encontraban libando unas helenas, decidió llamarme del celular del bentido DD. Debí parecerle demasiado “buena gente”, por demás amiguera, porque los días siguientes mi celular era un top ranking de sus llamadas.
Con él mi táctica fue diferente, no le mostré mi lado inocentón papel que por cierto interpretaba con aplomo distinguido. Fui más bien atrevida sobre todo cuando decidí que una amiga encarnara el personaje que habíamos creado en conjunto. Hablamos por horas durante un par de semanas, él un típico huarino – come gatos, y yo universitaria amiguera que a la hora de la hora, se hizo pasar por otra. Él llegó a la cita con su auto verde petróleo, lo veíamos acercarse al cuarteto de amigas risueñas.
Para cerciorarse llamó. La amiga contestó el celular impostando esa voz de niña que siempre me ha caracterizado.
Hola, mucho gusto Lady dijo Jessenia
Y de inmediato presentó al grupo de la redada en la que él, era el botín.
La mentira no duró muchos minutos. En el fondo quería conocer su aprobación. Ya las cosas aclaradas pactamos una cita a solas.
Pasamos un fin de semana en medio de una turba de jóvenes pachangueros que se contorneaban cada vez más pegados al cuerpo afiebrado de sus acompañantes.
La revancha vino después. EL cazafortunas me invitó a una reunión de amigos, donde curiosamente todos eran conocidos míos, lo que por una parte evitó el saludo uno por uno a los más de 10 amigos y amigas que circundaban el lugar. Pero por otra parte ensalzó la vergüenza que minutos después me hiciera pasar, al invitar a una “nueva amiga” y tratarla con esa falsa galantería que minutos antes yo disfruté.
Era una situación por demás incómoda. Así que aproveché la ocasión en la que un amigo me alcanzó un vaso lleno de cerveza, para lanzársela de golpe en su apócrifa sonrisa de Don Juan. El asunto era demasiado bochornoso así que resolví salir del lugar antes que el enfurecido tipo decida devolverme la gracia de la copa rota en mi traje.
Otra situación por demás incómoda de la que fui parte, se produjo la ocasión en la que por casualidad coincidieron un enamorado y pretendiente. La diferencia era que uno de ellos (mi enamorado), simpatizaba con todo aquel que le ofreciera la libertad para pedir y no pagar las bebidas que consumía y por si eso fuera poco aprovechaba para servirse (al menos con la mirada), ese plato delicioso (para él), que representaba cierta compañera guapetona que rondaba el lugar, de la que no obtuvo más que indiferencia. El otro (el pretendiente), un muchacho bonachón, atento conmigo y mis amigos, servicial, generoso, pero con enamorada.
Reunidos a puerta cerrada con un grupo de compañeros alborotados que consumían más y más cerveza. Al promediar las 12:00 a.m. mi cuerpo ya no me sostenía de manera ecuánime quería irme a casa, pero ese par de imberbes que de pronto se volvieron amigos me retenían. Caminamos unas cuadras, el bonachón quiso suicidarse con la llave de su carro, felizmente había tenido el acierto de guardar su carro cuando todavía estaba cuerdo. Y por otra parte el aprovechado de mí entonces enamorado, quería continuar la diversión en alguna discoteca cercana. A esa edad el cuerpo aguanta todo y llegamos camuflados a la disco.
Fueron situaciones demasiado embarazosas, mi madre se preocupaba por mí, sentía que ya no podía lidiar con esta hija tan rebelde. Escuchaba las conversaciones de mis padres en la madrugada y sentía un hueco enorme en el alma, un vacío difícilmente comparable con alguna dolencia física. Entonces resolví acudir al psicólogo, asistí a algunas sesiones, la doctora anotaba en papel bulky mis peripecias amorosas, mi ataque a la libertad consentida que mis padres me otorgaban. En pocos minutos ya había escrito varias líneas, lo suficiente para hacerme sentir culpable con la vida que hasta ahora no me había incomodado vivir.
Vivimos en una sociedad machista, dijo ella, sin mirarme. Mientras escribía una línea más. No sé si me sirvieron las terapias psicológicas, pero resolví comportarme a la altura de las circunstancias, a no cometer esas exageraciones que apenas terminada la diversión me hacían agachar la cabeza.
El arrepentimiento, es tardío e inútil. Pero ahora me siento contenta conmigo misma, controlo mis actos y no tengo reparo en afrontar mis miedos.
Maybe, I will Lady Liar again, but in a other life.
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